Tengo en la retina aquel boleto de ida, sus números rojos abren el cerrojo de la caja de pandora de los recuerdos que añora. Los añora ella o la que solía ser yo cuando viajaba y no volvía, cuando con un pasaje de ida seguía y vivía repartida.
Y yo tenía mi elixir de vida en otra ciudad, la fórmula concreta para la inmortalidad, el antídoto para el desamor, el medicamento contra el dolor. Allá convertía la despedida en algo feliz, allá nunca llegaba el momento de comer la perdiz.
El viaje era sólo una instancia, allá todo tenía resonancia literaria, esencia milenaria. Allá vivía la infancia, la crianza, los principios, los inicios.
Allá no te conocía, no te recorría en cada paso que daba, no me acordaba de tus pisadas, no me encontraba con tu mirada.
Allá era yo y acá era ella que se parece a mí cuando me siento a escribir. Ella que me dibuja y me pasa el barniz y me dice lo que tengo que decir.
Por eso de vez en cuando me gusta encontrarmela por Palermo y preguntarle a qué se debe todo esto, por qué llevo lo puesto, cuál es mi destino, cuál camino sigo. En general ella no me contesta siempre va muy apurada pero con una sonrisa en la cara. Yo me quedo tranquila, está dormida, está soñando y estoy despertando. Estoy arribando a la terminal. Terminal. Fin. Término. Termino mi viaje, retiro el equipaje, tomo el taxi, llego a mi hogar y sigo queriendo estar donde la dejé:
Por las callecitas que tienen un no sé qué me la olvidé, seguro se quedó dormida, tomando una coca bien fría, mirando una peli tranquila, escuchando una banda poco conocida. Seguro la vuelvo a ver cuando vuelva, si es que vuelvo, la veo y no lo creo porque nos vamos de paseo juntas y caemos en un espejo y somos un mismo reflejo, somos gemelas allá, lo que pasa es que ella nunca accede a venir para acá.
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