jueves, 4 de agosto de 2011

Brillante sobre mí

Entre la luz de la luna que se colaba por la persiana y la luz de un monitor encendido en un rincón pude captar tu mirada. Una mirada con brillo, con luz propia. La luna y el monitor no se comparaban a la luz que existía en tu mirada. Y tus ojos, en sí mismos, no eran un abismo impresionante, no eran un delirio formidable. Eran ojos. Un par emparejado con los cuales quería emparejar los míos. Quizás quería emparejarme con vos sin decírmelo, lo sabia, era tu mirada hablando con la mía. Ya no sabía si movía los labios, si sonreía, si te reías, lo único que importaba era si me seguías con tus ojos, si cumplías mi antojo de mirarme, de ser el centro de tu pensamiento aunque sólo fuera por ese momento. Ese momento en el que los temas salían a borbotones del tintero de los pensadores que piensan demasiado, que hablan complicado, que sueñan a contramano. Había veces en que tu mirada me absorbía, me enredaba, me entusiasmaba, me hacía seguir hablando, buscando un sentido, un brillo que me hiciera sentir que querías seguir, que no importaba si había o no qué decir. Y aunque se empezaba a hacer de día, la luna se escondía y el sol casi salía. El monitor se había apagado, se había quedado dormido y sólo sonaba esa canción que hacía que nuestros ojos brillaran en una sinfonía perfecta, en un crucigrama sin letras. Una canción que hacía que las luces del día parecieran intrusas ilusas que vienen a robar de madrugada cuando ya todos están despojados, descolocados, adormilados. En ese momento en el que la luna dejaba de colarse por la ventana y el monitor estaba apagado, la luz de tu mirada se entendía con la mía, se empezaba a hacer de día, me empezaba a quedar dormida. Entonces, me despertaba, abrazada a mi almohada y recordaba tu presencia, el resultante de tanta ausencia.

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