Parece imposible que haya cosas que sean tan fáciles, tan al alcance de la mano, tan incoherentemente simples, tan aburridas, tan probables, tan factibles. Esas cosas son tan fáciles que siempre terminamos por hacerlas, sólo por el hecho de que nos queda fácil; no nos demanda esfuerzo, no nos hace pensar, imaginar, no nos hace sentir, no nos puede herir; es tan fácil de olvidar.
A veces sí, las cosas fáciles son así, fáciles. Pero hay veces en que lo que creíamos fácil se torna difícil, le vemos el recoveco, el color oscuro de la dificultad, el foco difuso, el botón en desuso.
Es fácil contraer un ataque de tos. Uno, o dos. Un resfrío. Un día lo agarré o me agarró, yo que sé. Y empecé a estornudar frente al monitor, escupir palabras sin receptor, manché el vidrio de mi pantalla de frases sin envases, sin caños de escape. Y entonces, cuándo me curé del ataque de tos, o del resfrío, o de lo que fuera que tenía, decidí algo muy fácil, poner delete, poner suprimir y dejar de mentir, dejar de omitir, dejar de incluir en alguna vida que no existía algo que no lo merecía. Borrón y cuenta nueva. Olvidé que en esas frases había parte de mí, algo de mi más yo, de mi tan yo, que se perdió, no tengo si quiera un recibo de recepción, un enlace a la ilusión de encontrarlo, una manera de recordarlo, ni tengo un contrato, sólo el maltrato que les dí, sólo el abandono, el olvido; el resfrío.
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